Violentar la mirada. Cruzar límites una y otra vez. El primero de ellos: Ariadna. El nombre sirve al narrador para inmiscuir a la mitología en la vida cotidiana. A partir de este revés, documenta una ficción personal que propone una reinterpretación de la figura del Minotauro.

El laberinto es el marco de esta experimentación visual que parte de la fotografía. En esta arquitectura hay ecos y bóvedas internas. Sin embargo, la historia sucede en tres lugares específicos: la habitación, el museo de arte y la plaza de toros, sitios donde la vida y la muerte beben de la misma copa.

La estructura narrativa es inversa, transgrede la secuencia del tiempo con la intención de que miremos con detalle la psicología del personaje. A su vez, está planteada como un círculo, en el que la primera imagen coincide con la última y nos deja la duda ¿ lo salvaje comienza en la ficción o en la realidad?

El ojo como órgano de placer sexual, testigo de lo insólito y de un crimen. La mirada nos permite tocar aquello que nos da gozo y aquello que nos amenaza de muerte. Ariadna le da el hilo al narrador para vagar en su propio laberinto y éste nos lleva de la mano con él. Nos muestra luces y sombras para confundirnos y seducirnos. Nos mancha los ojos. Nos hace cómplices de su exceso.

 
 
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